por Elizabeth Gilbert
Hace algunos aƱos, estaba atrapada en un autobĆŗs que cruzaba la ciudad de Nueva York en hora punta. El trĆ”fico apenas se movĆa. El autobĆŗs estaba lleno de gente frĆa y cansada que estaba profundamente irritada con quienes les rodeaban, con el mundo mismo. Dos hombres se gritaron el uno al otro sobre un empujón que podrĆa o no haber sido intencional. Subió una mujer embarazada y nadie le ofreció asiento. El aire estaba impregnado de rabia. No habĆa un atisbo de consideración.
Pero cuando el autobĆŗs se acercaba a la SĆ©ptima Avenida, el conductor habló por el intercomunicador. ‘Amigos’, dijo, ‘sĆ© que han tenido un dĆa difĆcil y estĆ”n frustrados. No puedo hacer nada con respecto al clima o el trĆ”fico, pero esto es lo que puedo hacer. Cuando cada uno de ustedes baje del autobĆŗs, les extenderĆ© mi mano. Mientras caminan, dejen sus problemas en la palma de mi mano, Āæde acuerdo? No lleven sus problemas a casa con sus familias esta noche, dĆ©jenlos conmigo. Mi ruta pasa junto al rĆo Hudson, y cuando pase por allĆ mĆ”s tarde, abrirĆ© la ventana y arrojarĆ© sus problemas al agua.
Era como si hubiera lanzado un hechizo. Todos se echaron a reĆr. Los rostros brillaron con un deleite sorprendido. Las personas que habĆan estado fingiendo durante la Ćŗltima hora que no se daban cuenta de la existencia de los demĆ”s, de repente se sonrieron unos a otros como, ‘Āæhabla en serio este tipo?’
En la siguiente parada, tal como prometió, el conductor extendió la mano con la palma hacia arriba y esperó. Uno por uno, todos los pasajeros que salĆan colocaron su mano encima de la suya e imitaron el gesto de dejar caer algo en su palma. Algunas personas se rieron mientras hacĆan esto, algunas lloraron pero todos lo hicieron. El conductor repitió el mismo ritual encantador en la siguiente parada. Y la siguiente, todo el camino hasta el rĆo.
Vivimos en un mundo duro, amig@s. A veces es superĀ difĆcil ser un ser humano. A veces tienes un mal dĆa. A veces tienes un mal dĆa que dura varios aƱos. Luchas y fallas. Pierdes trabajos, dinero, amig@s, fe y amor. Eres testigo de eventos horribles que se desarrollan en las noticias, y te vuelves temeros@ y retraĆd@. Hay momentos en que todo parece envuelto en la oscuridad. Anhelas la luz pero no sabes dónde encontrarla.
Pero, ĀæY si tĆŗ eres la luz? ĀæY si eres el mismĆsimo agente de iluminación que una situación oscura requiere? Eso me enseñó este conductor de autobĆŗs, que cualquiera puede ser la luz, en cualquier momento. Este tipo no era alguien con gran poder. No era un lĆder espiritual. No era un āinfluencerā conocedor de los medios. Era un conductor de autobĆŗs, uno de los trabajadores mĆ”s invisibles de la sociedad. Pero poseĆa poder real, y lo usó maravillosamente para nuestro beneficio.
Cuando la vida se siente especialmente sombrĆa, o cuando me siento particularmente impotente frente a los problemas del mundo, pienso en este hombre y me pregunto: ĀæQuĆ© puedo hacer ahora mismo para ser la luz? Por supuesto, personalmente no puedo poner fin a todas las guerras, resolver el calentamiento global o transformar a personas irritantes en criaturas completamente diferentes. Definitivamente no puedo controlar el trĆ”fico. Pero tengo cierta influencia en todas las personas con las que me rozo, incluso si nunca hablamos o aprendemos el nombre del otro.
No importa quiĆ©n seas, dónde estĆ©s o cuĆ”n mundana o difĆcil parezca tu situación, creo que puedes iluminar tu mundo. De hecho, creo que esta es la Ćŗnica forma en que el mundo se iluminarĆ”, brillantes actos de gracia de uno en uno, todo el camino hasta el rĆo.
Preguntas semilla para la reflexión: ĀæQuĆ© significa para ti ser agente de iluminación? ĀæPuedes compartir una historia personal de una vez que fuiste un agente de iluminación? ĀæQuĆ© te ayuda a ser la luz en una situación difĆcil?
Elizabeth Gilbert es una autora estadounidense principalmente conocida por sus memorias Eat, Pray, Love (Come, Reza, Ama).







